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martes, 5 de enero de 2010

FRENTE AL MAR, EN EL MAR: ARTIAGA Y CELSO DOURADO

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FRENTE AL MAR, EN EL MAR

Confieso que no recuerdo con la exactitud debida cuándo ni dónde conocí a Celso Dourado. Imagino que alguien nos presentó en un momento ocasional y sí tengo la gnosis de que no hace mucho tiempo que debió ocurrir ese instante. Guardo en esa síntesis de la memoria la impresión que me causó desde el inicio: su actitud ante el tiempo y el espacio. La mirada vital se viste de sosiego ante la autovía del arte por la que a menudo transitan cogidas de la mano la ocurrencia y la historieta. Posicionamiento y complicidad obligan, sabedor de que el tiempo a través del tiempo siempre ahoga efímeras eventualidades.

Un día de invierno Celso me enseñó su casa-estudio, su obra. La complacencia con que apuraba cada instante describiéndome rincones, planos y piezas, resulta ahora imposible transcribirla al papel. Como debo hacerlo, voy a reseñarlo con una simple frase: perseverancia y custodia en un mar de presencias.

El privilegiado establecimiento ante el mar le permite vislumbrar esa fina línea que separa elementos antagónicos. Se sitúa frente al mar, enfoque que mantiene de manera habitual en diferentes campos, también en el arte. Su primera obra invoca ausencias que el tiempo no modela lo suficiente y que Celso Dourado configura mediante la utilización del dibujo que bien ejecutado antepone al color, y que, a menudo, se transforma como lo hacen las puestas de sol, que vistas desde su Barreiros natal coronan Foz; persistentes, pero cien veces diferentes.

Con la soltura que las sensaciones le permiten, sin la renuncia ni la condición, Celso Dourado mueve la línea figurativa del dibujo sobre eventuales soportes que le acompañan hasta el cambio de siglo en la búsqueda de resultados aparentes en un axiomático ejercicio de reafirmación (Mans, 2000). Ahí radica la verdadera permanencia de quién no parece tener la necesidad de eliminación, a la que a menudo se someten otros artistas.

Manos, rostros, grietas, cuerdas, miradas que te miran, (Retrato cosido, 2001), son elementos recurrentes que Celso Dourado utiliza transfiriéndoles la cualidad de eternos iconos de su obra, navegantes apareciendo y desapareciendo como las mareas tantas veces contempladas por el autor desde la ventana que él mismo ha apropiado y que culmina su proyecto receloso hacia ese mar; hábitat dispuesto en un espacio de exposición permanente, cuya envoltura irradia una textura que se ve acentuada a conciencia por la desnudez del material y las aunadas propuestas. Sereno desafío al mar, estableciéndose así una perpetua confrontación.

A partir de 2002, sus obras más recientes, Celso Dourado utiliza el dibujo como esencia, presentando ahora la grafía hecha con bolígrafo envuelta con veladuras a base de tintes y barnices que le dan como resultado un matiz más lírico. En esta etapa transciende un realismo onírico que añade a la obra una mayor tensión siempre contenida; el autor incorpora otras búsquedas, tal es la superposición de planos, que dan a la obra equilibrio, movimiento, ritmo y tensión, activando la lectura formal e intrínseca (As uvas, 2005). También la fragmentación, la secuencia, la rotura y la interrupción (Velas, 2006). La reutilización de imágenes anteriores que ensaya y confronta ahora en amplias superficies le hace aligerar convenientemente los resultados (Escorzo, 2006). Se gira el dibujo queriendo retomar una vez más el diálogo (Licuación, 2007). Dourado enseña menos los significados, pero se muestra más como artista.

Desconozco en estos momentos la apuesta, qué parte de la obra de Celso Dourado se presentará en el Museo Provincial de Lugo, la que será su primera exposición individual en un espacio ya ciertamente exigente, pero estoy convencido que con el siempre estimable cuidado y tutela de Encarna Lago, espacio y obra estarán en consonancia y al unísono de merecimientos.

Terminaré con una intuición, la que un día no muy lejano, aprovechando las fuertes mareas de finales del mes de agosto, plagadas de inercias desatadas que dibujan en la arena el mejor de los olvidos, Celso Dourado agitará esos iconos de su obra y realizará el decisivo trasvase a la otra orilla; a ese Aquí y Ahora, donde la perseverancia y la conductividad le lleven, posiblemente en el mar, a la situación bordat que, doy fe, también existe.

XOSÉ  ARTIAGA